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GASTA MENOS GASOLINA

*Tomado de: El Excelsior

Todos amamos los vehículos y los hemos convertido en parte esencial de nuestras vidas, pero ¿estamos dispuestos a dar todo lo que tenemos por él?   

El primer obstáculo es que ni siquiera queremos dejarlo. Simplemente estamos demasiado acostumbrados a que forme parte de nuestras vidas y lo amamos.

No creas que yo soy la excepción: me encantan los autos y me encanta manejar. Pero admitámoslo, conducir en ciudad no tiene nada de divertido.

Aunque trate de aplicar el budismo en mis interacciones automovilísticas, sólo me sale el repertorio de palabrotas que mi abuelita tuvo a bien enseñarme. Por eso te guiaré en los cinco pasos que yo tomé para querer usar menos el automóvil, porque el cambio empieza en tu mente.

1. Haz cuentas

¿Adónde se va todo tu dinero? Los mexicanos gastamos la mitad de nuestro salario en transporte, pero no estamos ahorrando para el retiro. Es decir, la mayoría de los propietarios creen que pueden costear un coche, pero en realidad están arrinconándose en un futuro como cerillitos de la tercera edad en el supermercado.

Quizás crees que te alcanza para mantener un auto, pero si no lo pagaste de contado, y si no estás apartando al menos un 25% de tu sueldo para el retiro, entonces no te alcanza. Punto.

Puedo sonar exagerada, pero con esto ni siquiera estoy considerando tu capacidad para pagar los gastos cotidianos del auto, que dependiendo del modelo y uso pueden estar entre los 15 y 50 mil pesos anuales.

El sueldo promedio de un profesionista con experiencia es de 9,653 pesos, lo que significa que la clase media mexicana puede estar gastando hasta cinco meses de sueldo anuales solamente para mantener su auto.

Te invito a que hagas cuentas sobre el costo anual de tu propio automóvil, pero no olvides calcular los siguientes gastos: intereses (si pediste un crédito), placas o refrendo, tenencia, licencia de conducir, verificación, seguro, servicios y refacciones, estacionamientos y pensiones, gasolina y hasta el talachero, lavacoches o franelero.

Ah, pero también debes calcular la depreciación de tu auto. Dependiendo del modelo y año, puede estar entre 4% y 20% anual. Por ejemplo, mi auto tiene poca depreciación (5%) y 5 años de antigüedad, y este año se deprecia 7,200 pesos, que es la cantidad que perderé sólo por tenerlo estacionado frente a la casa.

2. Repite conmigo… soy “gandalla”

Citando un ejemplo de MMM, imagina que tienes hambre y vas a un restaurante donde pides 25 órdenes de chiles en nogada, a 150 pesos cada orden. Cuando el mesero las trae, comes un chile y tiras los otros 24 a la basura.

Luego pagas la cuenta: 3,750 pesotes. Esto es lo que haces cada vez que conduces un auto de tonelada y media para transportar los ridículos 70 kilos que pesa tu cuerpo.

La mayor parte del combustible se quema para cargar el auto, no para cargarte a ti. Y no sólo desperdicias tu propio dinero, sino el enorme esfuerzo y daño que implica producir gasolina.

Cada que subo a mi coche, me digo a mí misma: eres una “gandalla”, Edith. Vas por ahí envenenando el cerebro de las personas, acortándoles la vida, quemando el combustible cuya extracción y uso causa tanto daño, y haciendo la ciudad más incómoda para todos.

Aunque no lo crean, decirme lo “gandalla” que soy cada que tomo las llaves del coche ha reducido el uso que hago de él, y también me ha hecho mucho más amable y cuidadosa con peatones, ciclistas, motociclistas, autobuses y todos los demás que están transportándose de manera menos culera que yo.

3. Cambia tu símbolo de estatus

El auto ha sido un símbolo de estatus social durante generaciones porque, como vimos en el primer punto, mantener uno es verdaderamente costoso; pero eso está cambiando porque a nadie le gusta morir prematuramente.

La primera objeción de un amigo para ir a su trabajo en bicicleta era que le daba pena que lo vieran llegar. ¿Estás loco?—le dije.

En otros países andar en bicicleta es lo más chic. Usar medios alternativos de transporte hará que te admiren los sectores más pensantes de la sociedad.

Quienes saben cómo funcionan ciudades como Ámsterdam y Copenhagen, los que están abiertos a mejores formas de vivir y pensar, aquellos familiarizados con el éxito de ciudades bien planeadas como Curitiba, los que se dan cuenta de que sólo hay dos clases sociales: libres y esclavos, en pocas palabras, los que leen y hacen correr al hámster en su cerebro.

¿Queremos contribuir a que nuestra ciudad dependa menos del automóvil? Debemos de dejar de felicitar a la gente por adquirir uno. Dejar de admirarlos. Dejar de ningunear a los que no lo tienen.

Elogiar el automóvil es como elogiar a un tipo que te lanza veneno a la cara. Trata de recordar quién fue el primer retrasado que te hizo creer que necesitabas un auto para ser alguien en la vida. Yo recuerdo cuándo le sucedió a mi amigo.

Una tarde lluviosa cuando estudiaba en la universidad, esperábamos el camión en la parada y vimos pasar un Ford Ka lleno de estudiantes. Uno de ellos sacó la cabeza por la ventanilla para gritarnos “Perdedores”.

Me dio coraje, aunque yo tomaba el autobús por elección. Mi amigo no tenía auto y vi cómo se formaba en su mente el objetivo de adquirir un coche en cuanto fuera posible… todavía hoy sigue gastando la mitad de su sueldo en el auto para demostrarle su valor a un pendejo que ni siquiera conoce.

4. No te acostumbres a la mala vida

Rafa posteó un comentario en este artículo acerca de las razones que impiden tener auto en Ciudad de México:

“Estoy de acuerdo con la política sustentable y ecológica, pero dejaré mi auto en casa cuando el transporte público sea seguro, eficaz y me brinde el mismo tiempo de traslado. Me toma 1 hora llegar de la casa a la oficina en auto; en transporte público ¡Tres horas! Ese tiempo perdido en el transporte equivale al gasto anual del vehículo (a grandes rasgos)”.

Este es el problema de miles, millones de personas. Podría parecer que el pobre Rafa no tiene escapatoria: sus opciones son pasar 40 horas al mes en el auto (lo que equivale a una semana laboral de ocho horas, o ¡tres meses de trabajo al año!) o pasar 120 horas en el servicio público.

El problema de Rafa es que se ha acostumbrado a pasar periodos ridículos de tiempo sentado en el auto, lejos de su familia y acumulando grasa abdominal. Tiene que entender que un trayecto diario de esa magnitud tendrá un profundo impacto negativo en su calidad de vida.

Rafa debe convencerse de que merece una vida mejor y entonces lanzarse a lo desconocido: cambiar de trabajo, o cambiar de residencia.

Decididamente, si vives a más de 15 kilómetros o 30 minutos de tu lugar de trabajo, debes buscar otra opción.

Y no me vengan con que hay gente que no tiene otra opción. Hace años vi el reportaje de una señora que trabajaba para una compañía productora de flores. Tuvo seis abortos espontáneos, y los tres hijos que sí le nacieron tenían serias deformidades físicas y cerebrales debidas a los plaguicidas que aplicaba todos los días.

¿Por qué sigue aquí, señora? –Le preguntó el reportero mientras ella seguía echando veneno a las rosas, es decir, a sí misma. –Es que no hay de otra—contestó.

¿De verdad la señora no tenía otra opción? ¿Alguien le estaba poniendo una pistola en la cabeza? ¿No podía dedicarse a limpiar casas, vender chicles, cualquier otra cosa que no matara lentamente a todo lo que amaba?

No es falta de opciones lo que detiene a la gente libre, sino la ignorancia, la costumbre y el terror a lo desconocido. Claro que el proceso puede ser tardado y difícil, por las razones del punto 5, pero lo importante es proponérselo.

5. No dejes que tu casa arruine tu vida

El primer culpable del tráfico en las ciudades mexicanas es, no me lo vas a creer, nuestra obsesión con la casa propia. Como mencioné en este artículo, los mexicanos queremos comprar nuestra casita a toda costa. Pero si no nos alcanza nos compramos una casa en el culo del planeta.

El lugar donde vives, ya sea propio o rentado, debe estar cerca de medios de transporte, de tu trabajo, de la escuela, de la comida, la familia y amigos, y la diversión. En ese orden de preferencia.

Pero aunque quizás hace diez años tu casa estaba bien ubicada, la vida cambia,  y esa casa que tanto luchaste por pagar en tus veintes o treintas puede requerir de traslados insostenibles diez años después.

Si tu casa es propia, tendrías que venderla o ponerla en renta. Pero, ¿y si el vecindario se volvió peligroso y nadie quiere comprártela? ¿Y si todavía no terminas de pagarla?

Por eso, lee los cinco requisitos para que la casa no termine adueñándose del dueño y piénsalo muchas veces antes de comprarla. Si rentas, decidir mudarte será mucho más fácil y podrás aceptar más empleos.

Si ya eres rehén de tu casa, considera que tu vida se desarrolle en tu comunidad: elige escuelas, amigos, entretenimiento y empleos en tu zona. Aunque un empleo cerca de casa te pague menos, si gastarías 50% más por trabajar lejos, seguro te conviene.

Mirar al automóvil desde otra perspectiva es lo primero que debemos hacer para dejar de ser sus súbditos.

Saber cuánto nos cuesta, reconocer que es dañino, dejar de atribuirle un prestigio que jamás debió tener, y ser lo suficientemente valientes para rediseñar nuestra vida sin él son los pasos a seguir.

¿La recompensa? Un “aumento de sueldo” del 50%, mejor salud, más tiempo libre y mayor bienestar.

¿Te animas?

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